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lunes, 14 de mayo de 2018

Personas tóxicas... ¿soy una de ellas?



A través de un ejercicio de auto indagación profundo y sincero podremos determinar si somos personas tóxicas para los demás o lo que es aún peor, para nosotros mismos. Porque antes de mirar la paja en el ojo ajeno, debemos mirar la viga en el propio… Una frase bíblica que invita a dejar de etiquetar a las personas y a las situaciones, para comenzar a mirar nuestro propio comportamiento, nuestra propia personalidad y nuestra propia interacción con el mundo. A continuación expongo cuatro claves para convertirnos en una mejor versión de nosotros mismos.
 
La primera pregunta que debemos hacernos y que puede evidenciar un cierto nivel de toxicidad en nuestra vida, sobre todo a nivel de pensamientos y actitudes, es: ¿tendemos a juzgar a los demás? Porque siempre el juicio ajeno habla más de nosotros mismos que de los demás. En este sentido una práctica de mejoramiento y crecimiento personal tiende a ejercitar el “no juzgar a nada ni a nadie”, o al menos a intentarlo cada vez con más frecuencia. Casi que parece un acto de resignación, pero en realidad es una valiente actitud de aceptación. Porque para cambiar algo, primero hay que aceptarlo. 
 
La segunda cuestión es indagar sobre las tendencias que nos llevan a invertir la mayor cantidad de tiempo en nuestras vidas, pues de ello depende directamente lo que estamos cultivando: insana toxicidad o saludable sabiduría. Por ejemplo, a qué nos sentimos más atraídos… a la pereza de consumir malas noticias y chismerío, o al aparente esfuerzo de expandir los límites de nuestro intelecto. Por ejemplo leer libros —sean de autoayuda o ficción— nos permite estimular la creatividad en nuestra vida y a convertirnos en personas más interesantes porque incrementamos nuestro nivel de comprensión. Así la interacción con los demás adquiere otro nivel.
 
El tercer aspecto que deberíamos considerar es si el miedo traducido en evidente negatividad y pesimismo inunda cada pensamiento y cada palabra que pronunciamos. Porque de ser así tendemos a aislarnos con nuestra propia visión negra del mundo y nos convertimos en intolerantes y menos compasivos con los demás, tratando de imponer siempre nuestro punto de vista. Al hablar de lo malo que son las cosas, solemos automáticamente desconectar con lo que les sucede a los demás. Oímos y gesticulamos en una charla, pero no escuchamos ni interactuamos de verdad. Aquí es el punto donde el ego, eso que creemos que nos define como seres humanos únicos, se impone frente a lo que verdaderamente somos. Dejar de prestarle atención al ego nos invita a tener intereses más elevados en la vida.
 
El último punto está relacionado con tres palabras que solemos malinterpretar: disciplina, sacrificio y prioridades. La disciplina no es más que la perseverancia sostenida en el tiempo, y las personas perseverantes suelen ser más inspiradoras que tóxicas. Por su parte, el sacrificio significa “oficio sagrado” e implica considerar a todo lo que hacemos sea sagrado, sublime e importante. Nada tiene que ver con hacer cosas a desgano o por obligación, al contrario un sacrificio en nuestras vidas es una forma de venerar aquello que hacemos… desde lo más simple hasta lo más profundo y complejo. Y finalmente las prioridades son decisiones que tomamos a cada momento y que a veces no se ajustan a una rígida agenda de vida, pues precisamente la vida es imprevisible e imperfecta, y comprender eso nos permite descubrir la belleza que se encuentra en todos y todo. El tiempo es algo finito y mental, aprender a administrarlo nos cambia el sentido que tenemos de él. Un mecanismo interior de prioridades nos invita a vivir e interactuar con cierta templanza, paciencia y sabiduría, y dejamos de correr tras cosas que sólo son ilusiones de una mente condicionada y tóxica.

jueves, 2 de enero de 2014

Escuchar con atención: La base de toda relación duradera




Nuestra capacidad de escuchar al otro está estrechamente vinculada con nuestros temores y dudas más profundos, que puede llegar a convertirnos en auténticos "sordos" o en auténticos verdugos frente a ciertos temas, mientras que ante otras cuestiones puede mostrarnos como seres cálidos y bondadosos. Sin embargo, de una u otra forma no podemos disociarnos de nuestras propias vivencias personales, y lo importante es poner en juego la atención necesaria para poder darle a la otra persona la respuesta que está necesitando.
Para aprender a escuchar a lo demás, lo primero que debemos hacer es escucharnos a nosotros mismos y darnos el valor que tenemos frente a toda relación con otra persona (sea de la índole que sea). De nada sirve adoptare una actitud fría y distante que no produzca la contención que nuestro amigo requiere. Con el tiempo, nuestra postura comenzará a dar sus nefastos resultados: las personas con las que nos relacionamos se irán alejando de a poco, hasta el día en que miremos a nuestro alrededor y nos demos cuenta de lo cerrados que hemos sido. Además, si aprendemos a escuchar al otro podremos nutrirnos de sus propias vivencias y aprender del éxito o fracaso ajeno. Al mismo tiempo que podemos ayudar a alguien con sus problemas, nos podemos ayudar a nosotros mismos. 

Pasar a la acción: Etapa necesaria de toda relación

Cuando se presente el momento adecuado, todo buen amigo debe aprender a brindar una opinión certera y objetiva sobre lo que escuchó, ofreciendo los mecanismos necesarios para “pasar a la acción” y proponer así una solución sencilla y efectiva. Luego, quien expone sus problemas puede elegir finalmente qué hacer  para acceder por sí mismo a la solución de su conflicto. Y esto implica mucho más que dar un consejo, se trata de persuadir al otro de lo importante que es actuar frente a tal o cual situación; en definitiva, es intentar que el otro tome conciencia de sus propios problemas y se dé cuenta qué el mismo puede solucionarlos.
Por otra parte, las personas que se resisten a aceptar un punto de vista que no sea el propio, nunca consiguen solucionar el problema de manera definitiva. Pues sin darse cuenta, ellos mismos recurren a nosotros no sólo para desahogarse sino también para encontrar soluciones. Frente a una situación de este tipo, lo mejor es negarse a escucharlo, aunque nos duela en el alma. Así le demostraremos a la otra persona que somos mucho más que una gran oreja donde todos vienen a desahogarse y contar sus problemas. Pues como la base de toda relación personal es la interacción (o sea, un ida y vuelta), si ésta no se da, deberemos aceptar que de nada sirve conservarla.

Cómo potenciar las relaciones personales



La base de una relación personal es la interacción. La interacción no es más ni menos que el arte de saber escuchar y ser escuchado, sólo así puede sobrevivir sanamente una relación con otra persona (ya sea amigo, pareja o familiar). Y aunque muchas veces nos cuesta escuchar al otro, también somos víctimas de los oídos sordos de aquellos que nos rodean. El resultado es más que previsible: con el tiempo nos quedamos totalmente solos. Para revertir esta situación es preciso actuar a tiempo adquiriendo la habilidad necesaria para que los demás nos escuchen, al mismo tiempo que cultivamos una personalidad serena y tranquila que nos permita aprender a escuchar al otro.
En muchas ocasiones creemos estar escuchando al otro, pero lo que en realidad estamos haciendo es emitir juicios sobre lo que está diciendo o analizar internamente su comportamiento. Como contrapartida, a veces quien nos escucha refleja en su mirada el mismo comportamiento, y a nosotros nos invade esa extraña sensación de haber estado "hablando con una pared". Y aunque muchos crean que escuchar y ser escuchado es una cuestión natural, hacerlo conscientemente respetando al otro y haciéndonos respetar, es una actividad que requiere de tiempo y práctica. Sólo así conseguiremos potenciar nuestras relaciones personales. 

Aprender a considerar a los demás

Cuidar nuestras relaciones personales es un verdadero arte, que quién lo aprende jamás se queda solo. Para ello nada mejor que prestar especial atención a los siguientes consejos, que nos permitirán perfeccionar la actitud que adoptamos cuando una persona requiere de nuestra atención y consideración:
Desechar los prejuicios: En ocasiones reaccionamos de forma automática sin llegar a escuchar del todo al otro. Por ejemplo, decimos: "esto está bien, esto es correcto, esto no me gusta". Estas opiniones fugaces son tan definitivas, que sólo incrementan la cuota de culpabilidad en quien nos cuenta sus problemas.
Decir las cosas sin herir sentimientos: Los especialistas aconsejan no tener miedo de mostrarnos algo duros cuando sea necesario, aunque sin llegar a generar odio. Siempre una actitud comprensiva y cálida podrá aliviar la tensión en el momento de una interacción, aunque en ocasiones no ayudará al otro a modificar su estado de ánimo y cambiar su predisposición frente a las cosas.
• Adoptar un actitud receptiva: Para escuchar bien a alguien debemos crear una situación propicia que aliente a la persona deprimida a expresar su malestar sin ningún impedimento ni respuestas apresuradas que lo dispersen de su exposición. Debemos ser pacientes, pues siempre existe el turno para contestar.
Ser objetivos y saber tomar distancia: De ser posible, debemos evitar que nuestra comprensión y sensibilidad nos haga perder la cabeza. El desafío de toda relación personal sana es aprender a ayudar al otro sin debilitarnos con sus propios problemas, aunque se trate de situaciones sumamente complejas.